Extracto del relato de Agatha Christie "el misterio del hombre de traje castaño"
(…) Con gran satisfacción mía, observé que su rostro reflejaba,
durante un instante, cierta preocupación. Era evidente que no había pensado en
la posibilidad de que Susana me telefoneara. Lástima que no lo hubiese hecho de
verdad.
—Basta
de eso —dijo con aspereza, poniéndose en pie.
—¿Qué
va usted a hacer de mí? —inquirí, procurando parecer serena aún.
—Meterla
donde no pueda hacer daño alguno, si a sus amistades se les ocurre venir a
buscarla.
Durante unos segundos, la sangre se
me heló en las venas. Pero las palabras que a continuación dijo, me
tranquilizaron.
—Mañana
tendrá que responder a algunas preguntas, y cuando lo haya hecho, sabremos qué
hacer con usted. Y puedo asegurarle, jovencita, que conocemos muchas maneras de
hacer hablar a los imbéciles que sean testarudos.
No era muy animador aquello; pero
por lo menos me daba tiempo a respirar. Tenía hasta el día siguiente. Aquel
hombre no era más que un subordinado, que obedecía órdenes superiores. ¿Era
posible que su superior fuese Pagett?
Llamó y se
presentaron dos cafres (Africanos,
originarios de Nigeria y el Congo). Me condujeron escalera arriba. A pesar de
cuanto forcejeé, me ataron de pies y manos y me amordazaron. La habitación en
que me habían metido era una especie de buhardilla, debajo del tejado. Estaba
llena de polvo y no
parecía haber estado ocupada. El
holandés me hizo una reverencia burlona y se retiró cerrando la puerta tras él.
Me hallaba completamente impotente. Por mucho que me retorcí no pude
aflojar las ligaduras y la mordaza no me permitía gritar. Si por una casualidad
se presentara alguien en la casa, nada podría hacer
para llamar la atención. Oí abajo el
ruido de una puerta que se cerraba. El holandés había salido, al parecer.
Me enloquecía no poder hacer cosa
alguna. Volví a probar mis ligaduras, pero los nudos no cedieron. Me di por
vencida al fin y me desmayé o me dormí. Cuando volví a despertar, me dolía todo
el cuerpo. La oscuridad era completa ya, y juzgué que estaría muy avanzada la
noche, porque la Luna se hallaba muy alta en el firmamento y llenaba con sus
rayos la polvorienta claraboya. La mordaza casi me ahogaba y el entumecimiento
y el dolor resultaban casi insoportables. Fue entonces cuando mi mirada se posó
sobre el trozo de vidrio que había en un rincón. Un rayo de Luna le daba de
lleno y su brillo había llamado mi atención. Al mirarlo, se me ocurrió una idea
de esas que se le ocurren a una en momentos difíciles.
No podía mover manos ni piernas;
pero suponía que me sería posible rodar. Me puse en movimiento lenta y
torpemente. No era fácil. Además de ser extremadamente doloroso, puesto que no
podía
protegerme el rostro con los brazos,
resultaba también muy difícil rodar en una dirección determinada.
La tendencia era rodar en cualquier
dirección menos en la que me interesaba. Después de mucho trabajo, sin embargo,
llegué al punto que deseaba. El vidrio casi me tocaba las manos.
Aun así, la cosa
no resultó fácil. Precisé una eternidad para empujar el vidrio hasta encajarlo
de tal suerte contra la pared que pudiera rozar con él las ligaduras. Esta
última operación fue tan larga, tan
exasperante, que casi perdí toda
esperanza. No obstante, acabé cortando las cuerdas que me ataban las manos. Lo
demás fue cuestión de tiempo. Una vez hube restablecido la circulación en mis
manos dándome masajes en las
muñecas, pude quitarme la mordaza. Y cuando hube respirado profundamente un par
de veces, me sentí mucho mejor.
No tardé ya en
deshacer hasta el último nudo; pero hube de esperar un buen rato antes de poder
ponerme en pie. Por fin me erguí, agitando los brazos para restablecer la
circulación. Ansiaba, sobre
todas las cosas, encontrar algo de
comer. Aguardé cosa de un cuarto de hora para estar segura de que no me
abandonarían las fuerzas. Luego, me
acerqué a la puerta de puntillas. Como había esperado, no estaba cerrada con
llave. La abrí y atisbé con cautela. Todo estaba silencioso. La luz de la Luna,
que se filtraba por una
ventana, me permitió ver la escalera
cubierta de polvo y sin alfombra. Bajé con sigilo. No se oía ningún ruido. Pero
cuando llegué al descansillo de abajo, llegó a mis oídos un débil murmullo de
voces.
Paré en seco y permanecí inmóvil
algún tiempo. Un reloj colgado de la pared señalaba más de medianoche.
Me daba perfecta cuenta de los
riesgos que podría correr si bajaba más; pero, al fin venció en mí la
curiosidad. Tomando infinitas precauciones me dispuse a explorar. Me deslicé
silenciosamente por
el último tramo de escalera hasta el
cuadrado vestíbulo. Miré a mi alrededor, y contuve el aliento. Un cafre estaba
sentado junto a la puerta. No me había visto. No tardé en darme cuenta, por el
ritmo de
su respiración, que se había
dormido. ¿Debía retroceder o seguir adelante? Las voces emanaban del cuarto
al que se me condujera a mi llegada.
Una de ellas era la del holandés. No pude reconocer la otra, aunque se me
antojaba vagamente conocida.
Al fin decidí que era mi deber
enterarme de todo lo que fuese posible. Tendría que correr el riesgo de que se
despertase el cafre. Crucé silenciosamente el pasillo y me arrodillé junto a la
puerta del cuarto.
Durante unos instantes no pude oír
mejor por ello. Las voces sonaban más altas, pero no lograba distinguir lo que
decían. Apliqué el ojo a la cerradura en lugar del oído. Como había supuesto, uno
de los que hablaban era el holandés. El otro hombre se hallaba fuera de mi
campo visual. De pronto se puso en pie para servirse algo de beber. Aun antes
de que diera la vuelta comprendí quién era.
¡El señor Chichester! Ahora empecé a
entender las palabras.
—No
obstante, es peligroso. ¿Y si sus amistades vinieran a buscarla? Era el
holandés quien hablaba. Chichester le respondió. Ya no usaba su voz de clérigo.
Nada de particular tenía, pues, que no la hubiese reconocido.
—Eso
es puro bluf. Nadie tiene la menor idea de dónde se encuentra.
Habló con convencimiento.
—Es
posible. He investigado el asunto y no tenemos nada que temer. Sea como fuere,
las órdenes emanan del «Coronel». Supongo que no querrá usted desobedecerlas…
El holandés soltó una exclamación en
su idioma nativo. Juzgué que era una rotunda negativa.
—Pero,
¿por qué no darle un golpe en la cabeza? —gruñó—. Sería más sencillo. El barco
está preparado. Se la podría llevar a alta mar.
—Sí
—contestó Chichester, pensativo—. Eso es
lo que yo haría. Sabe demasiado; de eso no cabe la menor duda. Pero al
«Coronel» le gusta trabajar solo, aunque no le consiente a ningún otro que lo haga.
(Sus propias palabras parecieron despertar en él algún recuerdo que le
molestaba.) Deseaba obtener de esta
muchacha
informes
de alguna clase.
Había hecho una pausa antes de decir
«informes», y el holandés se agarró a la palabra.
—¿Informes?
—O
algo así.
—«Diamantes»
—dije yo para mis adentros.
—Y
ahora —continuó Chichester— déme las
listas.
Durante un buen rato su conversación
me resultó completamente ininteligible. Parecían versar sobre grandes
cantidades de legumbres y verduras. Se mencionaron fechas, precios y nombres de
varios lugares que yo no conocía. Transcurrió su buena media hora antes de que
terminaran de contar y de hacer comprobaciones.
—Muy
bien —dijo Chichester. Y se oyó un ruido como el de una silla al arrastrarse
por el suelo—. Me las llevaré para que las vea el «Coronel».
—¿Cuándo
se marcha usted?
—Mañana
por la mañana a las diez bastará.
—¿Quiere
ver a la muchacha antes de irse?
—No.
Hay órdenes severas de que nadie debe ver a la chica hasta que llegue el
«Coronel». ¿Se encuentra bien?
—Me
asomé a verla cuando vine a comer. Creo que estaba dormida.
¿Y
alimentos?
—Un
poco de ayuno no le hará ningún daño. El «Coronel» vendráaquí mañana por la
mañana a una hora u otra. Responderá mejor a las preguntas si tiene hambre. Más
vale que no se acerque nadie hasta entonces. ¿Está bien atada?
El holandés se echó a reír.
—¿Qué
cree usted?
Los dos rieron. Y yo también, aunque para mis adentros. Luego, como
quiera que los ruidos que se oyeran parecían anunciar que estaba a punto de
salir del cuarto, me batí precipitadamente en retirada. Lo hice justamente a
tiempo. Al llegar a la escalera, oí abrirse la puerta del vestíbulo. Me retiré prudentemente
a la buhardilla, me rodeé el cuerpo con las cuerdas y volví a tirarme en el suelo
por si se les ocurría subir a echarme una mirada. No lo hicieron, sin embargo.
Al cabo de una hora, aproximadamente,
descendí con cautela la escalera. El
cafre de guardia junto a la puerta estaba despierto y tarareaba una canción.
Tenía vivos deseos de salir de la casa, pero no veía la forma de conseguirlo. Acabé
teniendo que retirarme a la buhardilla otra vez. Era evidente que el cafre se
pasaría la noche allí, vigilando. Permanecí en mi encierro, armándome de
paciencia, durante las primeras horas de la mañana, escuchando todos los
preparativos.
Los hombres se desayunaron en el
vestíbulo. Empezaba a sentirme enervada. ¿Cómo demonios iba a salir de la casa?
¿Podría? Me aconsejé a mí misma paciencia. Un paso temerario pudiera echarlo a
perder todo. Después del desayuno oí marcharse a Chichester. Con gran alivio
mío, el holandés le acompañó. Aguardé, conteniendo el aliento. Estaban quitando
la mesa y haciendo el trabajo de la casa. Por fin, todas las actividades parecieron
cesar. Volví a salir de mi guarida. Me deslicé silenciosamente escalera abajo.
El vestíbulo estaba desierto. Lo crucé con velocidad de relámpago, abrí la
puerta y salí al sol. Bajé corriendo el camino del jardín como si me
persiguiera el mismísimo demonio.
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Una vez fuera, me puse a caminar de
forma normal. La gente me miraba con curiosidad, y no era de extrañar. Debía de
llevar los vestidos y la cara cubiertos de polvo de la buhardilla. Por fin
llegué a
un garaje. Entré.
—He
sufrido un accidente —expliqué—. Necesito
un coche qué me conduzca inmediatamente a Ciudad de El Cabo. He de pillar el
vapor para Durban.
No tuve que esperar mucho. Diez
minutos más tarde me hallaba camino de Ciudad de El Cabo. Era preciso que me
enterara de si Chichester iba a bordo. No me era posible decidir aún si
embarcar en él yo también o no; pero a última hora decidí hacerlo. Chichester
no sabría que le había visto en el hotelito de Muizenberg. Seguramente prepararía
nuevas trampas para cazarme. Pero yo estaría sobre aviso. Y él era el hombre a
quien me interesaba seguir, el hombre que andaba buscando los diamantes por
cuenta del misterioso «Coronel».
¡Pobres planes míos! Cuando llegué
yo al muelle, el Castillo de Kilmorden enfilaba ya con su proa la salida del puerto. Y no tenía yo medio alguno de
averiguar si Chichester viajaba a bordo o no.
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capítulo XX
Me dirigí al hotel. En el saloncillo no había ninguna persona
conocida. Subí corriendo la escalera y llamé a la puerta de Susana. Me dijo que
entrara. Cuando vio quién era, se me colgó del cuello, así, como suena.
—¡Anita,
querida! ¿Dónde ha estado? ¡Me ha tenido la mar de
alarmada!
¿Qué ha estado haciendo?
—Corriendo
aventuras —repliqué—. Jornada tercera
de «Los Peligros de Pamela».
Le conté toda la historia. Exhaló
ella un profundo suspiro cuando terminé.
—¿Por
qué han de ocurrirle a usted siempre esas cosas? —exclamó quejumbrosa—. ¿Por qué no me amordaza a mí nadie ni me ata
de pies y manos?
—No
le gustaría si se lo hiciesen —le aseguré—; y a decir verdad, no tengo tantas ganas ya de correr aventuras como
antes. Una pequeña dosis de eso le harta a una para una temporada.
Susana no pareció muy convencida. De
haberse pasado una hora o dos atada y amordazada, seguramente hubiera cambiado
de opinión. A Susana le gustan las emociones, pero odia las incomodidades.
(…)


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